jueves, 19 de noviembre de 2009

La Redacción Periodística


El estilo periodístico es la utilización del lenguaje para construir una realidad. No hay una definición exacta del concepto "Estilo Periodístico" porque hay tantos estilos como periodistas. Lo que tenemos que tener claro es que vamos a utilizar nuestro estilo para cautivar al lector y para hacer que se lea toda nuestra noticia. En nuestra tarea como redactores, la palabra tiene un papel fundamental. Por ello, nuestro trabajo requerirá de un esfuerzo expresivo para encontrar la frase o la palabra más correcta en cada uno de los casos.

Éstas son unas pautas a seguir para la correcta redacción periodística:
(Consejo: toma una noticia de un periódico para observar en ella las pautas que se explican a continuación)

a) Cuestiones sintácticas:
- Mejor las frases cortas que las largas. La construcción sintáctica preferente será la de Sujeto-Verbo-Complementos.

Ej.: En Michoacán, el gobernador ha comprado un rancho. (MAL)

El gobernador ha comprado un rancho en Michoacán (BIEN)

- Los complementos circunstanciales de tiempo tienen que comenzar la frase.

Ej.: A los diputados, el alcalde les mandó ayer un telegrama. (MAL)

Ayer, el alcalde mandó un telegrama a los diputados. (BIEN)

- Los complementos se redactarán del más corto al más largo.

Ej.: Ayer el equipo técnico salió hacia la India con el avión para preparar la expedición con tiempo con todo el material. (MAL)

Ayer, el equipo técnico salió en avión hacia la India con todo el material para preparar la expedición con tiempo. (BIEN)

- Suprimir los incisos. Es preferible redactar frases simples que frases con subordinadas.

- Usar preferiblemente estructuras con verbo.

Ej.: Han llegado a un acuerdo para la construcción de un parque. (MAL)

Han acordado construir un parque. (BIEN)

- Es preferible usar frases afirmativas que negativas.

Ej.: El Presidente no quiso hablar. (MAL)

El Presidente se negó a hablar. (BIEN)

- Es preferible usar la voz activa que la pasiva.

Ej.: La noticia fue difundida por la radio. (MAL)

La radio difundió la noticia. (BIEN)

- Es preferible utilizar los tiempos presentes que los pasados (especialmente en el titular) porque es aquello que actualiza la noticia.

Ej.: El gobierno de Morelos ha pedido más recursos. (MAL)

El gobierno de Morelos pide más recursos. (BIEN)

- Utilizar el estilo directo en las citas porque da vivacidad al texto.

Ej.: Lozano afirma que si son ciertos los rumores "dimitiré". (MAL)

Lozano afirma: "si son ciertos los rumores dimitiré". (BIEN)

- Mejor los verbos de acción que de estado.

- Hay que personalizar la información. No debemos esconder el sujeto de las oraciones.

- Hay que evitar las palabras que no aporten información.

Hay que tener en cuenta que éstas no son unas normas universales. Sólo son una serie de pautas a seguir para mejorar la redacción.

Continuamos hablando sobre el estilo periodístico.

b) Cuestiones léxicas:

- Debemos utilizar las palabras más comunes para que el lector lo entienda. Hay que tener cuidado con los tecnicismos porque los periodistas debemos explicar la información al lector para que resulte de su comprensión. En todo caso, no podemos caer en coloquialismos o vulgarismos.

- Evitar e ir con cuidado con los neologismos y los extranjerismos. Debemos consultar el diccionario para saber si la palabra extranjera está adaptada a nuestra lengua. En todo caso, debemos buscar la palabra en castellano. Si no la hubiera o no estuviera adaptada deberíamos ponerle comillas.
- Hay que limitar el uso de los adverbios acabados en -mente.

- Tenemos que explicar siempre las siglas, sobretodo las que no son muy conocidas. Explicaremos la sigla la primera vez que salga. A lo largo del texto la podremos usar sin explicar.
Ej.: El Fondo Monetario Internacional (FMI)....

- Siempre pondremos antes el cargo que el nombre del sujeto de la oración.

Ej.: El secretario de Salud, José Ángel Córdova Villalobos.

c) Cuestiones de puntuación:

- El punto: separa las frases y los párrafos, los cuales han de ser breves.

- Punto y coma: separa elementos de una frase muy larga. No debemos hacer mucho uso de ellos.

- Dos puntos: introducen enumeraciones o citas directas.

- Coma: separa elementos yuxtapuestos y sustituye verbos que se sobreentienden. No debemos abusar de éste último uso.

jueves, 12 de marzo de 2009

Escribir una crónica

Más allá de metodologías o de estructuras, para redactar una crónica es necesario sentir. ¿Por qué? Porque para transmitir un contenido emocional tienes que sentir tú primero, tienes que ser compasivo con lo que estás viendo. No se trata de ir por el mundo rasgándose las vestiduras por el dolor de los demás, pero sí de caminar con los cinco sentidos abiertos. Ir con la curiosidad viva, despierta.

No hay un manual para hacer una crónica. Para mí, se trata de una historia bien contada, con un comienzo, un desenlace y un final. Es lo esencial. Otra característica imprescindible de la crónica es que tiene movimiento. No es un género estático. La diferencia de una crónica con la nota periodística convencional es que la primera se mueve por el tiempo. En la crónica, además, tú sientes. En las notas lineales, en general, vemos o sabemos, pero no sentimos. La crónica es como un lienzo para un pintor, y en ella la cabe la suma de muchos géneros; puede haber elementos de perfil, de reportaje, de entrevista.

La crónica eleva un escenario no sentido a uno sentido. Para lograrlo, es importante que tu ojo vaya al detalle, a lo pequeño, a lo que no está en la superficie. Estar muy atento. Que tus ojos, tu olfato, tu oído, estén listos para capturar el entorno. Los datos abstractos no funcionan en una crónica.

A veces es bueno salir sin una idea preconcebida, pero con ganas de encontrarla. Ir con la sensación y también la necesidad de que tienes que hallar esa idea. Si caminas con la ansiedad de encontrarla, lo más seguro es que lo logres. Esa ansiedad te va a guiar el ojo. Tu intuición te va a llevar. Si uno lo que quiere es contar cuentos es necesario estar abierto y dispuesto a la posibilidad de que encontrarse con algo que cambie la historia, que lo lleve a uno por lugares desconocidos. Hay que estar atento. Explayarte en las cosas que te encuentras.

Es muy útil elegir una historia que tenga acción, que corra por el tiempo y el espacio. Eso ayuda mucho a una crónica. Va a favorecer luego en su estructura. Cuando voy a un sitio nuevo, lleno mi libreta de apuntes con impresiones. Muchas veces esas primeras impresiones, esas primeras que nacen sin tener todavía ideas muy concebidas, todo eso que plasmo en el papel durante los primeros tres o cuatro días, es lo mejor que hago durante todo un mes o dos meses de estadía en un país. Porque, hasta cierto punto, uno está describiendo con ignorancia. Sin embargo, la intuición y la emoción de estar en un sitio nuevo y de quererlo plasmar, funciona. Son juicios primarios, pero certeros. Hay que llegar a un sitio nuevo con espíritu de conquistador: captarlo todo.

Es bueno entrenar la memoria para cuando no podemos grabar o tomar notas. Muchas veces la desdeñamos, pero la memoria es una cosa formidable. En algunos casos tienes que memorizarlo todo porque una grabadora, para algunas personas, es una intromisión. En esos casos, yo termino la entrevista y voy directo a escribir y escribir. Paso horas rescatando lo que me han dicho. Se pierden algunas cosas, pero el grueso se rescata. En el caso mío, tiro de la última parte, de las últimas palabras, hacia atrás. Una vez que se empieza a escribir vuelven el sabor, el polvo, esos pequeños episodios que se han olvidado.


Para una crónica es necesario tener vivencias de la historia. De lo contrario, se corre el riesgo de que la crónica termine siendo una suma de testimonios de otros. Cuando caminas de A hasta Z, debes ver todo, sentirlo, escucharlo, olerlo. Si estas escenas luego quedan bien descritas, nos abren los sentidos al leerlas. No digo que todo lo que veas y oigas deba quedar en la pieza periodística, pero hay que tener la costumbre de estar atento. Llenar la libreta de apuntes. Muchas de esas cosas pueden terminar siendo geniales. No es conveniente desdeñar nada.

Las buenas descripciones (de lugares o de personas) en los textos se logran apegándose al detalle, sin necesidad de tantos adjetivos. Lo primero que hago cuando me siento a una entrevista es apuntar lo que hay en la habitación. ¿De qué color son sus ojos? ¿Tiene fotos de la familia? ¿Cómo es su voz?, etc.

Que el texto respire

No hay un patrón de cómo se debe escribir una crónica. Cada pieza es diferente. Depende de lo que uno se ha encontrado. Desconfío de ir con un esquema planeado en la mente, con ideas preconcebidas. No me gusta. Si vas de esa manera, es posible que no te encuentres con muchas cosas y termines por forzar la realidad para que se adapte a la estructura que has planeado con antelación.

Prefiero ir con la pizarra limpia y que la estructura se derive de lo hallado. No me interesa guiar las entrevistas hacia un lado para obtener lo que busco. ¿Cómo lo cuentas, cómo lo visualizas? Ese es el reto. Tienes que tomar la decisión de cómo vas a guiar al lector, ya sea por un hecho, por el tiempo, por un espacio, por un personaje. En el proceso de elaboración es recomendable tener una idea central. Esto ayuda a ordenar el material. En un primer borrador se puede hacer el primer esfuerzo por lograr algo que comienza, tiene desarrollo y final. Cuando termino ese borrador, estoy exhausto y no puedo decir si “el bebé” nació bien o mal. Necesito días para dejarlo descansar y volverlo a ver. El editor actúa ahí.

Me gusta cuando la narrativa no es totalmente apretada. Prefiero que existan en la pieza momentos de oxigenación. Nada más aburrido que leer una suma de datos. Las piezas deben ser como un acordeón. Abrir y cerrar. Dejarlas respirar. La mejor forma de escribir una crónica es por escenas, con diálogos. Casi como si se tratara de un guión cinematográfico. Mostrar en lugar de decir, en la medida de lo posible. Que haya acción en la pieza. La acción es lo más atractivo para el lector. Se logra mediante cambios de tiempos, haciendo pausas, con cambios de intensidad. Como una composición musical: entran y salen instrumentos.

La estructura no puede ir de aquí para allá. En la primera escena se establecen los hilos conductores, dejar claro dónde estamos, quiénes son los actores principales. La primera secuencia te pone en escena. A partir de ahí, se puede ir a otra parte.

A veces resulta muy obvio saber cuál será el comienzo de una crónica. Si tienes una escena que reúne todos los elementos de tu historia, esta escena funciona para abrir la narración. También se puede abrir con una cita, pero esta opción es más difícil porque puede correr el riesgo de dar el desenlace primero. Y el suspenso es importante. El suspenso es una parte fundamental de cualquier relato. No un suspenso al estilo Agatha Cristhie, sino el hecho de no entregar todo a la vez; que el lector no lo sepa todo y se interese por seguir leyendo.

La mayoría de mis piezas introducen elementos principales en la primera escena. Allí establezco los hilos conductores principales en el primer bloque, cerca del principio, aunque no necesariamente en las primeras líneas. Puede iniciarse con personajes, si son coloridos e interesantes. No tiene que irse de golpe al tema principal, pero hay que cuidar de no inundarse en ese colorido y perder el eje. Es muy útil que exista un “párrafo nuez”, que nos presenta en dimensiones globales el tema a tratar y nos plantea los elementos del problema. A veces las escenas o los personajes pueden lograrlo. De lo contrario, se necesita un párrafo que lo explique. Los hilos conductores narrativos son las arterias, tú tienes que poner los nervios. Poner la parte neurálgica para ilustrar al lector.

Las transiciones de una escena a otra deben hacerse sin dolor, bien trabajadas. No me gustan los intertítulos. Son como una muleta. El hecho de clavar eso en medio del texto quiere decir que no tienes confianza plena en él. Es mucho mejor que la crónica pueda llevar al lector de una secuencia a otra y sin dolor.

Confiar en la intuición

En algunos casos realizo un esqueleto de la estructura. Pero lo mío es, sobre todo, intuitivo. Soy una especie de presencia anárquica en la página. No sé lo que voy a escribir hasta que me siento a trabajar. Siempre comienzo de una forma intuitiva. Acumulo mi material y vuelvo a leer todo antes. Pienso mucho antes de comenzar a teclear. Hay que tener cuidado de no comenzar mal porque se puede perder mucho tiempo después para encontrar el camino correcto.

Escribo oxigenado y casi siempre voy incorporando lo reporteado después. Me mata si tengo que empezar la crónica con la noticia. De hecho, lo que más recuerdo de las piezas que escribo, y que leo, casi nunca es lo noticioso. El objetivo es mezclar los elementos de crónica con los datos secos. Pero es obligatorio poner al lector en contexto. En la crónica, siempre llega un momento donde hay que parar, detenerse e incluir la información seca. El mejor recurso para que esto no sea tan aburrido y duro es tener un interlocutor.

Un ejemplo de lo anterior: en el perfil que escribí de Hugo Chávez introduje los datos sobre la historia de Simón Bolívar mediante un tour, un recorrido que realicé por la casa del Libertador conversando con quien trabaja allí como guía. Mediante un diálogo entretenido, puedes ahorrarte el preámbulo de parar al lector y decirle: “en 1983…”. Puedes esconder mucha historia y noticia seca en un diálogo.Aunque tampoco es conveniente utilizar en demasía ese recurso.Es necesario seducir primero al lector, mediante descripciones y personajes interesantes, para que esté enganchado al momento de entrar con lo seco. Que el lector no pueda escapar, eso es lo que pretende la crónica narrativa. Llevarlo de la mano.

Si tu lector ha entendido el texto solo cerebralmente, no has hecho nada.

Pero, al mismo tiempo hay que tener en cuenta la paciencia de los lectores. No exagerar en ningún recurso. Tampoco tienes que mostrar tanto el proceso del reporteo. En todo momento se debe tener el control del texto. Del escenario. La parte fría es lo más difícil. No es conveniente presentar los datos secos en párrafos muy largos. Hay que aprender a medir lo que se le entrega al lector. No es bueno tirarle todo en un párrafo porque se empalaga; tampoco es conveniente exagerar en el suspenso porque puede perderse. Hay que saber medir los elementos. Si puedes usar color, mejor. A través de ese color puedes crear el escenario y señalar datos principales.
Eso te salva de entregarlo todo de golpe. Hay maneras narrativas de entregar cifras y datos. A veces no es necesario dar la cifra exacta. Esas cosas matan el periodismo narrativo. Si lo puedes eludir, mejor. ¿Cómo hago para evitar tantas cifras? Si creas universo solo de las escenas, recreando un retrato de lo que ves, a través de las vivencias, puedes salir con un cuadro igual de convincente a una cifra.

Dar un universo detallado. Yo paso más tiempo escribiendo los párrafos de descripción que en los otros. Pintar un cuadro de cómo es el lugar. La descripción de lugares la tomo muy en serio. Siempre trato de poner al lector en el escenario y, si es posible, hacerlo de una manera muy íntima. El mar azul, pero ¿qué azul? ¿cómo describirlo?. Eso es lo que me fascina, cómo reflejar en palabras ese azul.

Ese es el reto. Es cuando te acercas a la necesidad casi de la poesía; no es solo el color. Ahí es donde yo puedo pasar horas en el texto, y me emociono. Describir un árbol tal como es. Cómo describes las grietas de la corteza. Después de un tiempo te das cuenta de que no puedes ahondar demasiado en todo. Pero por algo te fijaste en ese detalle.

En el desarrollo de la pieza tienes que ampliar y reducir, abrir y cerrar el abanico. Cambiar de tiempo, de espacio, moverse. Si encuentras a alguien que diga en su propia voz los datos secos, mejor. Y si ese personaje se mueve, mejor todavía. Visité la casa natal de Fidel Castro en Cuba y, por medio de un tour, introduje en el texto los datos de sus padres, de la época en que se crió, de su juventud.

No es que lo busque. No soy metódico en eso. Es cosa de olfato, algo que uno siente. Tampoco lo hago cada vez que voy a un sitio; puedo cansar con el recurso. En el periodismo estamos jodidos. El que va a convertir materia en novela hace lo que le da la gana, inventa personajes y recursos. Nosotros no podemos inventar.

martes, 4 de noviembre de 2008

Periodismo literario

El periodista, al igual que cualquier escritor, es un mudo que señala una minúscula parte del universo que pasaría desapercibida si, al mismo tiempo que convence al lector para que se detenga a mirar, no tejiera una tela de araña donde atraparlo.

El periodismo literario pretende unir las técnicas narrativas con la redacción noticiosa. Desarrollar la destreza de contar historias y aplicarla en las maneras de narrar la realidad. La crónica, la entrevista y el reportaje pueden aprovechar las herramientas utilizadas en la prosa de ficción para cautivar al lector.

El periodismo es un género literario. Es un arte, más que un oficio, si el redactor se plantea escribir literatura de no ficción, aunque tenga la camisa de fuerza de la realidad y la objetividad aparente y aunque persiga la noticia. El periodismo literario no está divorciado de la noticia. Al contrario, la perpetúa en escritos que trascienden el papel barato. Hoy, que los medios impresos pierden fuerza ante la velocidad de sus competidores, se hace necesario desplegar las destrezas de los mejores narradores para atrapar al lector. Para que lea hasta la última línea, aunque la crónica, el reportaje o la entrevista de personalidad compita con cientos de titulares.

En esta época en que la inteligencia libra una guerra contra las imágenes vacías que capturan la atención del público con facilidad, el periodismo se debe a la poética. La poética es la capacidad de decir más con menos palabras, en parte gracias a la utilización de vocablos que potencian la creación de imágenes. Los buenos escritores son los que “mantienen la eficiencia del lenguaje”, por medio de la exactitud y la claridad. No importa los fines que tenga el escritor. Con este lenguaje claro y exacto se escribe la literatura (“el lenguaje cargado de sentido”) y la gran literatura (“el lenguaje cargado de sentido hasta el grado máximo que sea posible”).

La reconstrucción de la realidad por medio de la literatura recrea los detalles, el microcosmos. La mirada del zoom prevalece sobre la panorámica. El periodista literario prefiere el testimonio del testigo impuro al análisis del político avezado. En la ficción, la visión del hombre corriente se impone a la de los grandes personajes. Se busca al antihéroe, al protagonista marginal. Un antihéroe dispuesto a mostrarse.

La diferencia obvia entre periodismo y literatura es que el periodista no sólo debe ser fiel a los hechos, sino mantener en el texto todas referencias que permiten comprobar esa fidelidad. El periodismo, para serlo, no puede perder su apego por la realidad, ni el contraste de fuentes, ni la investigación previa que, en el caso de la crónica, implica también la vivencia.

El ficcionador, aun cuando se haya inspirado en la realidad, disuelve las referencias. Fusiona y diluye ambientes y personajes. Inventa, imagina. Pero el periodista debe refrendar, con cada escrito, un pacto tácito con el lector que obliga a no especular con pensamientos, sentimientos, situaciones; no fabricar elementos de la historia, como personajes, lugares, climas, objetos ni declaraciones; advertir cuando se ha pactado el anonimato de la fuente y lo que implica mantener esa promesa. Son convenciones que todo periodista conoce y utiliza en su trabajo, pero que no significan que maniaten al periodista a la hora de estructurar su texto; no le obligan a renunciar a los recursos que la narrativa ofrece para cautivar al lector, siempre con la limitación que impone la imposibilidad de fabricar elementos para la trama o de inventar o alterar los hechos.

Dentro de toda noticia hay una persona. Detrás de cualquier cifra hay alguien que la padece o la aprovecha. En las buenas novelas, al igual que en las buenas crónicas, la humanidad aparece en todo su esplendor, con sus contradicciones y afirmaciones. Ambas permiten que el lector concluya los porqués que justifiquen los actos. Por ejemplo, por qué el viejo de Hemingway insiste en su lucha contra el pez. El autor coloca las piezas que necesita el lector para concluir, una tarea que le exige el relato. Igual sucede en los textos periodísticos.

No hay manual para escribir una gran obra periodística o literaria, que nadie espere la fórmula mágica. Pero sí existen herramientas para que la historia funcione ante los ojos de un extraño que se asoma a esa realidad recién descubierta. Las técnicas no son reglas fijas, ni teorías infalibles como las matemáticas. Una máquina no puede escribir un texto que logre penetrar en la sensibilidad humana, aunque existen programas capaces de escribir frases con coherencia. Entre los párrafos de los mejores periodistas y escritores se avizoran estas técnicas, que, una vez manejadas a la perfección, pueden forzarse, romperse incluso.

Los autores necesitan imaginación y vivencias para retratar un pedazo de vida y convertirlo en un relato universal y mágico. Los periodistas prescinden de la imaginación a la hora de escribir, pero no a la hora de investigar. La imaginación puede indicar dónde se encuentran los eslabones extraviados, para ir tras ellos; buscarlos aunque sólo se tenga la corazonada. A esta cualidad algunos le llaman olfato.

El buen periodista tampoco deja de convertir su relato sobre un hecho real y minúsculo en universal y mágico. Mágico porque una buena historia conmueve a cualquier humano, sea cual sea su cultura y su tiempo.

El escritor desarrolla la intuición para presentir cómo actuarán sus personajes ante cualquier circunstancia. El periodista pregunta cómo han vivido tales circunstancias. Pero ambos viven la historia y no la cuentan antes de escribirla. Dejan que los espectros chillen en su interior para escribir como un desahogo. Cuando llega ese momento en que es necesario escribir, la investigación ha finalizado. Hay una historia que contar. Hay una historia que debe ser escrita según una estrategia: quién cuenta y quién escucha; cuál es la cronología de lo sucedido y con qué orden expondré lo sucedido.

viernes, 4 de abril de 2008

Ejemplo de Periodismo Narrativo

Cambió Esther la venta de puerta en puerta, por la del cuerpo

Esther trazó con gis blanco una flecha sobre la banqueta. Significaba la ruta que ella y los vendedores -de un nuevo suavizante y detergente para la ropa- habían recorrido por varias calles en la zona de Iztapalapa.

Ese día, Esther vendió cinco paquetes en casi diez horas de andar caminando; 55 pesos fue su comisión. El supervisor adivinó que Esther estaba desanimada y, comentó que las ventas, así son.

Con desesperanza, en ese mismo instante, Esther decidió que ese trabajo no era para ella, que tendría que esperar más de un año para comprarse un teléfono celular: su gran sueño.

Además recordó la promesa que le hizo a su madre y a sus hermanos, de ir a Oaxaca por ellos para traerlos también a la ciudad de México, a la cual, ella tenía ya cuatro meses de haber llegado.

Camino a la casa de su tía, en Ecatepec, el capital de Esther era ya de sólo 25 pesos, luego de viajar en microbús, Metro, comprar una rebanada de pizza y un refresco.

Recordó a su abuela Jacinta, quien solía decir que el dinero se había hecho de papel para volar y redondo para rodar. Empero, lo único que lograba acumular Esther, era la edad, cada día que pasaba, la acercaba a cumplir sus 16 años.

Al día siguiente, desorientada, sin saber qué hacer, Esther aprovechó que era domingo para ir a misa. Fue sola porque su tía Yolanda no era católica ni creía en religión alguna y mucho menos en santos y vírgenes.

Ya en misa, el sacerdote, sin querer, habría de marcarle su destino a Esther. El padre explicaba que ese día se celebraba la Natividad de la Virgen María, madre de Jesús, de Cristo. Explicaba que la Virgen María, esposa de José, había concebido por obra del Espíritu Santo sin tener que caer en el pecado original, decía.

Justo cuando el sacerdote mencionó el pecado original, Esther recordó a Leticia, amiga de su pueblo quien ya tenía cinco años en la capital, pero, se dedicaba a la prostitución en la Merced.

Esther volvió a recordar a su abuela a quien le gustaba el mezcal y ya borracha siempre cuestionaba: “Si tienes sueño, duermes; si tienes hambre, comes; si tienes sed, tomas agua y ¿si tienes ganas de hacer el amor?: ¡Es pecado!”, decía y se soltaba a reír a carcajadas.

Su abuela tenía una fama de coscolina bien ganada en el pueblo, tenía siete hijos y todos de padre diferente. Nunca vivió con un hombre, pues aseguraba que ella podía hacer ese “trabajo” y que a ella, los hombres, sólo le servían para darle placer y hacer los hijos.

Esther pensó que su abuela era todo lo contrario a la Virgen María, quien se había embarazado por obra del Espíritu Santo, mientras que su abuela, recordaba perfectamente los nombres de los padres de sus siete hijos.

Un día después, lunes, Esther no tuvo suerte. Fue a la Merced a buscar a su amiga Leticia, quien, en alguna visita que ésta hizo a las fiestas del pueblo, le confesó a lo que se dedicaba, que “trabajaba” en la calle de San Pablo, casi esquina con el mercado de la Merced y que, además, le iba muy bien. Incluso, fue en ese encuentro, cuando Esther alimentó el sueño de, algún día, tener un teléfono celular como lo tenía Leticia, incluso de la misma marca y del mismo color.

El martes fue distinto, Esther ya tenía trabajo. Estaba parada en San Pablo y Mesones. Su primer cliente no tardó en abordarla y, tras una rápida negociación verbal llegaron a un acuerdo. Ella cobraría 150 pesos, aparte el hotel, mientras que el cliente, se comprometía a no hacer caricias y abstenerse de besarla en la boca.

Ese día, el joven cliente quedó satisfecho tras hacer dos veces el pecado original. Aunque, el acuerdo fue que sólo sería una vez, Esther, le dijo a su joven cliente que si quería echarse el otro, mientras ella terminaba de leer su Libro Vaquero, porque allá afuera, en el trabajo, no le daban permiso de leer.

viernes, 29 de febrero de 2008

Entrevista a Ismael Rodríguez


ISMAEL RODRÍGUEZ: PRODIGIO DEL CINE MEXICANO


Ismael Rodríguez llegó al cine siendo un chamaco y quizá nunca dejó de serlo. Tal vez de ahí tuvo esa capacidad para emocionar e involucrar en sus historias a sus espectadores. Que compartían la imaginación del director, que aceptaban la recreación de su barrio en un estudio con paredes de cartón piedra.

Cine poblado de personajes tipo, encarnados por actores tipo, por creaciones del propio Rodríguez que a fuerza de sinceridad y vehemencia se cargan de gran verosimilitud. En esa época, el cine careció de fórmulas mágicas para la creación de situaciones atractivas para el espectador. Sólo le salieron a Rodríguez.
--Don Ismael, ¿cómo se siente? –pregunta un amigo con cortesía.--Engentado –responde al instante el anciano, de traje gris y una gran sonrisa que marca aún más las arrugas que le cubren el rostro. Está a punto de comenzar el homenaje en que le entregarán su segunda medalla Salvador Toscano al Mérito Cinematográfico.
Llegan periodistas, funcionarios, familiares y curiosos que durante el evento llenan, prácticamente, la sala 2 de la Cineteca Nacional.En la mesa, mientras los funcionarios culturales engrandecen y agradecen la obra de Rodríguez, el hombre se ve, francamente, emocionado.
A momentos sus ojos, casi ciegos, brillan a contraluz. Apoya sus manos manchadas y marcadas por venas azulosas, mientras escucha, con dificultad, los mensajes. Lo único claro a su oído, por contundente, es el prolongado aplauso, de pie, de la concurrencia, cuando los brazos temblorosos alzan a la altura de su rostro la medalla Salvador Toscano.
Al entrar y salir de la sala de cine se apoya en su hijo Ismael y en Nahud, su asistente; camina lento, imposible hacerlo sin ayuda y nunca pierde la dignidad basada en la lucidez y la sinceridad, quizás ingenua, que plasmó en su cine. Al hablar, deja que fluyan los personajes que inventó y permite salir al indio Tizoc para decir que los homenajes le hacen sentir “rete bonito aquí dentrito” al tiempo que pone su mano ajada en el centro del pecho.
Su casa, su estudio repleto de premios, diplomas, reconocimientos: el Ariel de Oro por su trayectoria, el Oso de Plata para Pedro Infante en el Festival de Berlín por Tizoc (1956), sus medallas Salvador Toscano, la recibida con sus hermanos en 1983, como pioneros del sonido en el cine mexicano y la recién recibida. El hombre, encorvado, lento, apoyado por Nahud y por un bastón de madera de color caoba, se sienta en un sillón de piel y se prepara a recordar su verdad, como lo ha hecho una y otra vez en éste, el tiempo de los homenajes postreros.
De pants y pantuflas el hombre mira al entrevistador y lo incita: “usted dirá”.Ismael Rodríguez es el muchacho alegre del cine nacional, el chamaco de trece años que “extrea” en las locaciones de Santa (Antonio Moreno, 1931), cinta sonorizada por sus hermanos mayores, Joselito y Roberto; el mismo que 72 años después mira cándido a la mesa que lo homenajea y pregunta “¿qué falta?”, como niño ansioso ante la posibilidad de seguir siendo reconocido y consentido, como Pedro Infante –por supuesto- en Los tres García (1946) y secuela, al jugar con el supuesto autoritarismo de la abuela, Sara García, quien, finalmente, termina apapachándolo.

martes, 26 de febrero de 2008

La Crónica periodística




Es un género periodístico que cuenta los días y los años que van pasando. Unas veces de manera cronológica. Otras, de acuerdo a su importancia cuando el hecho, los personajes y escenarios se hilvanan para crear un texto narrativo, en que la rigurosidad informativa sea el eje central.

Una crónica es la historia de lo que ha sucedido o está pasando, que como en cada genero, existen miles de conceptos. Por ejemplo en el periodismo europeo, la crónica se considera un género de opinión, un relato de los hechos desde una perspectiva personal y opinativa.

En México el escritor Carlos Monsiváis define a la crónica “como la reconstrucción literaria de sucesos o figuras donde el empeño formal domina sobre las urgencias informativas”.

Una crónica “debe ser escrita de manera literaria de tal suerte que el lector pueda recrearse con su lectura. Claridad, sencillez, precisión y concisión serán claves en la redacción de la crónica”. De los géneros periodísticos, la crónica esta hecha por naturaleza para el disfrute de la literatura, de la palabra, del lenguaje y de los hechos.

Únicamente cuando el reportero ama la vida, la crónica es un compendio de fuerza, energía y poderío narrativo y una guía social, política y ética.

Recordando que en una crónica periodística, el autor va entremezclando los hechos y su opinión.

El arte de contar.

Narrar es contar un suceso, hecho, algo que ocurrió y consideramos importante. Todos somos narradores, porque contamos a los demás algo de interés para ellos o para nosotros mismos. Siempre procuramos mantener la curiosidad del interlocutor, deseando crear simpatía o antipatía alrededor del hecho narrado, alimentando uno ola de sentimientos y pensamientos solidarios o adversos.

Cuando los abuelos narran cosas a sus nietos, cuando vamos al cine y luego contamos al detalle y con habilidad las partes del filme. Cuando oímos una información o un hecho que presenciamos y de inmediato nos tienta contarlo a terceras personas. El triunfo deportivo del equipo favorito se convierte en una magistral narración entre amigos, la boda familiar que se desmenuza un día después en una exquisita y sabrosa crónica. Todos en algún momento nos convertimos en narradores. “La literatura aun esta viva porque todos somos creadores”, dice Ryszard Kapuszinsky.

Así sometemos a la narración a una técnica periodística, donde el eje de la conversación gira sobre el personaje, el hecho, el lugar, la acción, el tiempo y los móviles. La estructura informativa de quién, qué, cuándo, dónde, cómo, por qué y para qué. Probablemente se cuente el final ocho líneas antes de que culmine la historia, como suele ocurrir en una historia literaria o novela, y no al principio como sucede en una historia periodística.

El cronista esta obligado, con su enorme capacidad para observar y escribir, no tan solo a interesar al lector en los hechos y en la vida, sino a fomentar en el lector el gusto y el amor por las palabras.

Si escribir es un placer, quien escribe una crónica, debe transmitir ese gusto al lector, para que de igual modo disfrute y goce con la palabra.

jueves, 7 de febrero de 2008

Vocación del periodista

De vocación periodista

Por Nancy Salas Andrade (*)

Yo aun recuerdo cuando en la universidad me preguntaron por qué quería estudiar periodismo y muy ufana escribí que porque era el arte de escribir. Concebía el periodismo sólo como la posibilidad de poner por escrito mi curiosidad por la vida. Allí, en las aulas, recién entendí lo que era ser periodista, una vocación que empalmaba muy bien con mi temperamento y afanes, porque, señores, al periodista le mueve una pulsión batalladora, de lucha, de escrutinio, de cuestionamiento de por qué las cosas son así y no de otra manera.

El periodismo es una actividad vital, que necesita de energía y valentía, porque es búsqueda de lo que está desordenado, oscuro, oculto. Organizamos la realidad para que otros la entiendan, sacamos a la luz lo que otros quieren que quede velado, celebramos también la vida y sus logros, aunque de esto se ocupen ya muy pocos. Esta tarea no es fácil, sobre todo en nuestros pueblos donde la miseria humana ha ganado tanto espacio en todas las instancias.

El periodista tiene un compromiso con la sociedad, cuando se olvida de ella y se ata a otros intereses se corrompe. Asumir este reto no es fácil para un periodista al que le cercan otros imperativos, no sólo de su propia actividad (la estresante rapidez de la publicación, la escasez de tiempo y recursos para investigar, entre otros) sino anexos a ella, como ganarle a la competencia o tener el mejor rating o ventas, ventajas que al periodista le darán crédito o prestigio como buen profesional que sabe su oficio. A ello se suma para el desánimo: los sueldos a ras de suelo y las inacabables jornadas de trabajo.

A pesar de todo lo dicho, en nuestro país y en estos momentos, el periodismo es una de las actividades profesionales menos apreciadas por cualesquiera, a pesar que siguen egresando miles de periodistas de las aulas universitarias. La razón es muy simple, el periodismo no es todo lo bueno que debería ser. En gran medida ha perdido credibilidad ante los públicos, y eso se debe a varias razones.

La primera de ellas es que hay muchos "improvisados" que están en los medios de comunicación fungiendo de periodistas: sociólogos, psicólogos, economistas, abogados, ingenieros; profesionales -y caras bonitas- que tendrán su valor pero que sólo intuyen lo que es el periodismo, razón por la cual lo que para un periodista es claro, se vuelve borroso y difuso para ellos. Pero los peores "polizontes" son aquellos que reducen la actividad periodística a una mecánica de mercadeo: la información es un producto de oferta y demanda. Que vende lo espectacular, lo morboso, lo escandaloso, pues eso se oferta. Una vez cogida esa pendiente, hasta el despeñadero: el envilecimiento del trabajo. Así de claro.

Otra razón está dentro de las propias empresas de medios, de parte de los directivos, de aquellos que dirigen no sólo el estado de cuentas de la empresa, sino que acartonan la información y la opinión de los periodistas, aquellos que tienen intereses políticos, económicos, de clase, y otros, que son los cernideros de todo lo que el periodista lleva a la sala de redacción.

Y, finalmente, está la actitud de algunos periodistas poco combativos para luchar por la verdad fáctica, que es conocimiento. Aquellos conformistas que sólo se convierten en meros vehículos de lleva y trae, sin que se mojen en un compromiso por esclarecer las situaciones, los grandes problemas, sobre las que el lector está desorientado. El buen periodista es acucioso en la investigación de las fuentes, que son las que muchas veces le dan cebo de culebra para desorientarle y manejarle a su antojo. Sólo el conocimiento de la vida y el hombre nos vuelve zahoríes, a no ser que la necedad haya nacido con nosotros. Pero el periodista, sobre todo, será honesto con respecto a su propia percepción de la realidad. Él, que la vive y la palpa.

Somos periodistas, unos desde el caldero de la profesión, otros, como la que escribe, enseñando, pero todos, creo yo, con la misma vocación porque la realidad se torne en mensajes útiles que le sirvan al ciudadano para mantenerse enterado de lo que le rodea, sobre todo de aquello que le incumbe para saber decidir en torno a su vida y a su comunidad.